miércoles, 11 de enero de 2012

Descarríos oníricos

Tengo una gran imaginación, me lo dicen desde que era pequeña. Eso se ha traducido con los años en una gran capacidad de inventiva, puedo generar tremendísimos guiones de películas de ciencia ficción con tan solo pasearme por la calle una tarde y cruzarme con gente distinta a mi.

 Por eso no es sorprendente que mi subconsciente trabaje aun cuando yo he desconectado el cerebro. Soy de ese tipo de personas que suele recordar lo que sueña, para bien o para mal. Suelo reconocer escenarios, situaciones, y, desde luego, a los personajes. Habitualmente mis sueños están poblados de la gente que me rodea, gente a la que conozco y que de una forma u otra forman parte de mi vida. Incluso de vez en cuando se cuelan personas a las que en las horas de vigilia no dedico un solo pensamiento. En estos casos las acciones que se desarrollan en el sueño suelen ser de lo más bizarras y pueden llevar hasta banda sonora, por supuesto, acorde con la persona y con lo que hayamos vivido juntos. Esto suele volverse aún más interesante cuando sueñas con esa persona de la que hace meses que no sabes nada y a los dos días te llama para tomarte un café. 

Pero el colmo de los colmos ha sido hace un par de días, cuando después de tanto oír hablar de crisis, recesión, recortes en todos los ámbitos, a mi retorcida mente le dio por empatar ideas y regalarme la siguiente perla: 

Necesitando ir al médico (para una revisión previamente acordada sobre un pequeño bulto en el ojo izquierdo) me dirijo al centro de salud. Allí, me encuentro con un laberinto de puertas mal rotuladas que no llevan a donde se supone deben llevar. Tras mucho vagar en busca de mi doctora me acerco a una mesa (caótica, por supuesto) en la que una recepcionista estresada se esfuerza por poner un poco de orden. La mujer, amable en primera instancia, me recuerda que debo rellenar una serie de formularios para poder ser atendida. Tras comenzar con preguntas varias sobre mi estado de salud, mi historial médico y derivados, llega la parte en la que se decide si tengo derecho o no a la consulta. Una serie de preguntas de cultura general y conocimientos varios. Las primeras consigo contestarlas a duras penas (con un lápiz HB reglamentario) pero cuando toca la de matemáticas me desespero. Vuelvo a hablar con la recepcionista y esta me asegura (en un tono no ya tan amable) que sin todas las respuestas correctas no hay opción a visita médica. Le intento explicar que ya tenía concertada la cita porque es un seguimiento. Ella sigue en sus trece. No hay manera. O resuelvo el acertijo matemático o me quedo sin médico.  

En ese momento desperté, bañada en sudor, intentando recuperar de mi memoria las clases de matemáticas de bachillerato. Totalmente infructuoso. Esa noche me quedé sin ir al médico. Espero no tener poderes premonitorios, por el bien de la sanidad pública.

2 comentarios:

  1. Madre mía.. y yo creía que pasaba miedo cuando caminaba por un pasillo vacio con decenas de puertas a pequeñas celdas cubiertas de azulejos y me encontraba, en el fondo, con una niña susurrándome con voz grave. Esto sin duda le quita el puesto! Al menos en el mio se sabe que no se dará nunca...

    Mala época para tener imaginación.

    Un fuerte abrazo Jen!

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  2. Vaya, lo de la niña asusta mucho, la verdad, pero con pesadillas de ese tipo de "terror" ya estoy curtida (vampiros, zombis, zombis-vampiros....) y lo llevo mejor, pero las que meten cosas tan raras como estas...espero que no se den nunca, desde luego, pero merecía la pena mencionarlo, al menos por bizarro.

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