martes 17 de enero de 2012

Etiquetas

A título completamente personal, no soporto las etiquetas, y menos cuando se aplican a personas. Es cierto que desde que nacemos los humanos tendemos a usar la palabra como herramienta clave para definir nuestro mundo y nuestra manera de entenderlo, pero cuando nuestra pasión por la clasificación llega al límite de etiquetar personas, la cosa se pone fea. 

Cuando hablamos de personas les solemos cargar calificativos de todo tipo, muchas de las veces asociados con sus gustos, su estilo, o su condición física. Más que una calificación objetiva, tal apego a las definiciones se ha convertido casi en un insulto. No se trata ya de ser "alto" o "bajo". Las cosas han ido desde siempre más allá y todos de una forma u otra hemos sufrido las consecuencias. Al "listo" por ser listo, y al "tonto" por no destacar en lo académico. A la "patosa", al "musculitos", a los "populares" y a los "empollones" (Y esos son solo los que se me ocurren revisitando mi pasado adolescente no tan lejano). 

Estos días, hablando con diferentes amigos y compañeros, me he dado cuenta de que el extremo ha llegado ya a condicionar como nos comportamos para evitar caer en las garras de los "etiquetadores" (que incluso podemos ser nosotros mismos). De un tiempo a esta parte un complemento, una prenda de ropa o incluso un gusto (sea musical, cinematográfico o literario) nos define en una categoría estanca. ¿Dónde ha quedado el sitio de los que evolucionan día a día, construyéndose a si mismos en cada decisión? La mañana que  uno deja de escuchar "Imagine" de John Lennon y se decanta por U2, ¿deja de ser hippie? 

Conozco gente, entre las que a veces confieso incluirme, que por el hecho de evitar ser etiquetada ha evitado mostrar publicamente parte de su personalidad, por mucho que esta fuera la predominante. Y considero esta una reacción comprensible, a todos nos encanta encajar, y si para ello hemos de llevar un letrerito que diga "hippie", "gótico", "empollón" o "moderno", claudicamos y lo hacemos de cuando en cuando. Pero eso no significa que nos guste, o que esa palabra escogida por otros pueda definirnos como seres humanos. Existe también el otro polo, el que directamente se arma del estilo, gadget o imagen externa necesaria para coincidir en ese grupo, lo cual empieza a preocuparme cuanto más miro a mi alrededor.

Pero por ahora, y porque sin etiquetas o con ellas, lo importante es reirse de uno mismo, yo asumo mis diopotrías y mis desviaciones con humor:

..Al pasar la barca me dijo el barquero, "las niñas modernas no pagan dinero", 
yo no soy moderna ni lo quiero ser...

domingo 15 de enero de 2012

Luna de reyes

Llego tarde, muy tarde, porque los* que iniciaron la idea lo hicieron con fotos de su luna de fin de año y año nuevo. En mi caso, y como dije que haría, he escogido una foto de la luna que se puede ver en Vigo, a pesar de nuestros habituales cielos nublados. Para no ser menos yo también he escogido un día especial, en mi caso la noche de reyes. La luna estaba practicamente llena y por eso brilla tanto, y vaya, algo de magia sí que se respiraba en el ambiente esa noche.


Vigo, 05/01/2012


*Créditos por la idea a Mónica (esta es su luna) y Träne (y esta la de él)

miércoles 11 de enero de 2012

Descarríos oníricos

Tengo una gran imaginación, me lo dicen desde que era pequeña. Eso se ha traducido con los años en una gran capacidad de inventiva, puedo generar tremendísimos guiones de películas de ciencia ficción con tan solo pasearme por la calle una tarde y cruzarme con gente distinta a mi.

 Por eso no es sorprendente que mi subconsciente trabaje aun cuando yo he desconectado el cerebro. Soy de ese tipo de personas que suele recordar lo que sueña, para bien o para mal. Suelo reconocer escenarios, situaciones, y, desde luego, a los personajes. Habitualmente mis sueños están poblados de la gente que me rodea, gente a la que conozco y que de una forma u otra forman parte de mi vida. Incluso de vez en cuando se cuelan personas a las que en las horas de vigilia no dedico un solo pensamiento. En estos casos las acciones que se desarrollan en el sueño suelen ser de lo más bizarras y pueden llevar hasta banda sonora, por supuesto, acorde con la persona y con lo que hayamos vivido juntos. Esto suele volverse aún más interesante cuando sueñas con esa persona de la que hace meses que no sabes nada y a los dos días te llama para tomarte un café. 

Pero el colmo de los colmos ha sido hace un par de días, cuando después de tanto oír hablar de crisis, recesión, recortes en todos los ámbitos, a mi retorcida mente le dio por empatar ideas y regalarme la siguiente perla: 

Necesitando ir al médico (para una revisión previamente acordada sobre un pequeño bulto en el ojo izquierdo) me dirijo al centro de salud. Allí, me encuentro con un laberinto de puertas mal rotuladas que no llevan a donde se supone deben llevar. Tras mucho vagar en busca de mi doctora me acerco a una mesa (caótica, por supuesto) en la que una recepcionista estresada se esfuerza por poner un poco de orden. La mujer, amable en primera instancia, me recuerda que debo rellenar una serie de formularios para poder ser atendida. Tras comenzar con preguntas varias sobre mi estado de salud, mi historial médico y derivados, llega la parte en la que se decide si tengo derecho o no a la consulta. Una serie de preguntas de cultura general y conocimientos varios. Las primeras consigo contestarlas a duras penas (con un lápiz HB reglamentario) pero cuando toca la de matemáticas me desespero. Vuelvo a hablar con la recepcionista y esta me asegura (en un tono no ya tan amable) que sin todas las respuestas correctas no hay opción a visita médica. Le intento explicar que ya tenía concertada la cita porque es un seguimiento. Ella sigue en sus trece. No hay manera. O resuelvo el acertijo matemático o me quedo sin médico.  

En ese momento desperté, bañada en sudor, intentando recuperar de mi memoria las clases de matemáticas de bachillerato. Totalmente infructuoso. Esa noche me quedé sin ir al médico. Espero no tener poderes premonitorios, por el bien de la sanidad pública.

lunes 26 de diciembre de 2011

¿Quién no tiene el valor para marcharse?


Lünen, Alemania. Diciembre 2011


Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo

Hoy he recibido una postal que sabía que acabaría llegando tarde o temprano. Lo que no sabía es cómo iba a enfrentarme a ella, qué iba a sentir al leerla. Como era de esperar afloró una sonrisa absurda y empezaron a llegar recuerdos que aún no he sido capaz de archivar de manera coherente.

Pero lo más importante de haber recibido esta postal no es ni tan siquiera el remitente, sino el hecho de que al leerla por segunda vez recordé la promesa que hice hace seis meses. Sé que, como bien dice Sabina, las mejores promesas son aquellas que no hay que cumplir, pero en este caso prefiero seguir el manual e intentar llevarla a cabo. No porque se trate de un desembolso económico -de hecho considero que no he quedado a deber nada- ni porque tenga que devolver un favor impagable. No. Se trata, por mucho que aquella mañana no lo pareciera, de una promesa conmigo misma. Una promesa que comenzó con el cierre de una puerta en Escandinavia, tres maletas de vuelta a España y desembocó en muchas otras aventuras. 

Ese "voy a ser fuerte" que empezó casi como un mantra en noches de desvelo compartidas se convirtió con el tiempo en algo que no tenía nada que ver, ni remotamente, con su origen. Es algo más que un propósito, es algo más que una frase hecha, es una forma de vida. Ahora mismo, "ser fuerte", implica no rendirme, no dejar de pensar que puedo conseguir lo que sea si lo intento con todas mis fuerzas. Y sobre todo, antes que cualquier otra cosa, significa no perder la ilusión, no dejar que nada ni nadie me diga que solo porque no entra dentro de la norma no se puede hacer como yo lo intento. Llorar cuando quiera llorar, reír cuando me apetezca reir y mandar a tomar por saco todo aquello que me hace daño y ni a corto, medio ni largo plazo me reporta ningún bien. 

Lo dije hace seis meses y lo repito ahora, voy a ser fuerte. Voy a dejar que las cosas sucedan cuando tengan que suceder y mientras tanto voy a sacar lo mejor de todo lo que me encuentre en el camino. Voy a aprender de toda persona con la que me cruce y voy a hacerlo sin perder la sonrisa. En lo que queda de 2011 y en todo lo que está por venir en el futuro.

sábado 24 de diciembre de 2011

Normas sociales invernales

 Siéntate. Levántate. Da un paso adelante, dos atrás. Saluda con la derecha, despídete con la izquierda. Guiña un ojo, pestañea a mil revoluciones por minuto. Sonríe. Riéte mientras brindas. Levántate. Siéntate. Canta un villancico que ni te gusta ni te importa. Compra como si se fuera a acabar el mundo en 24 horas. Siéntete como Papa Noel envolviendo regalos que sabes no gustarán a nadie. Sonríe. Sonríe. Sonríe. Riéte como si ese chiste fuera bueno y no una copia barata del mismo especial de Navidad de hace un año. Escucha con atención el discurso del Rey. Brinda. Riéte. Siéntate. Levántate. Haz bromas absurdas y obscenas sobre tus compañeros de mesa. Alardea de algo, de lo que quieras, no importa de qué se trate. Calcula tu popularidad en base a todas las felicitaciones que recibirás vía SMS o en  tu tablón de Facebook.  Devuélvelas todas con una carita feliz o un "me gusta". Etiqueta a cien personas en una foto hortera con renos, nieve, y algún Santa Claus despistado. Sé etiquetado en una foto en la que hay nieve y muñecos felices. Siéntete tú también feliz. 

 Cómete doce uvas sin atragantarte.Apláude al acabar el año. Ponte bragas rojas aunque prefirieras estar sin ellas. Cómprate un vestido y unos zapatos que no volverás a usar en tu vida. Muérete de frío y en tacones. Brinda. Riéte. Guiña el ojo izquierdo y pestañea con el derecho a mil revoluciones por minuto. Alardea de algo, de lo que quieras, no importa de qué se trate. Haz bromas obscenas sobre tu compañero de baño. Cuélgate una guirnalda de plástico de colores alrededor del cuello, asegúrate de que todos tus amigos tienen una. Satura la bandeja de entrada de todos tus conocidos con cadenas navideñas. Grita algo que deberías haber callado. Cuenta a un desconocido algún secreto, a poder ser escandaloso. Bebe más de lo que deberías y menos de lo que quisieras.

Y, si te queda algo de fuerza después de Nochebuena y Fin de Año, plantéate porqué haces algo que no quieres hacer, cuando no quieres hacerlo y rodeado de gente que también estaría mejor en sus casas en pijama.