miércoles, 29 de abril de 2009

El Vigo de los desertores iluminados


Vigo, en sus inicios conocida como Vicus SpaCorum, no es como Santiago, donde el espíritu peregrino y universitario se respira en cada bocanada de aire medieval. Tampoco es como Lugo, donde entrar en la muralla hace que te retrotraigas a tiempos lejanos en que las legiones del César campaban a sus anchas ordenando y dirigiendo. No. Vigo es desde su nacimiento una ciudad de marineros y comerciantes, cuyos lugareños expulsaron no sólo a piratas, sino también a franceses. Batallas ganadas que, sin cargos de conciencia, los vigueses celebran año tras año con gran estrépito.
Es esta una ciudad misteriosa. Un raro ejemplar que no deja ver todos sus secretos la primera vez. Se hace la difícil, la interesante. Vigo tiene luces, sombras y muchos semitonos. En una primera visita, la Ciudad Olívica nos puede dejar acceder a sus maravillas más superficiales, a sus parques, a sus playas, a sus diversos museos. Pero no será esa la ocasión en que alcancemos a vislumbrar su esencia, su verdadera y profunda personalidad.
Los habitantes de la metrópoli se dividen en dos grandes grupos con pocas excepciones y casi ningún cambio de bando. Unos aman su urbe, otros malamente la soportan. Ayuntamiento con personalidad contra localidad gris e industrial. Nunca hay un ganador definido. La balanza siempre está equilibrada. Preguntes a quien preguntes, sólo alcanzarás a conocer una de sus luces o una sombra, nunca lo que se esconde en sus calles más antiguas, en los barrios de la periferia o bajo la prisa y el miedo a llegar tarde de sus ciudadanos.
No obstante, hay un espécimen más que coexiste de forma casi marginal en la ciudad. Es ese desertor que en cuanto pudo huyó de la ciudad, convirtiéndose en un iluminado cuando regresó de nuevo. Si por casualidad te acercas a alguno de ellos y preguntas, te dirán que todo tiene sus grises y, con suerte, quizás te señalen alguno de los que tanto tardaron en descubrir. Uno de esos medios tonos que con la iluminación adecuada se convierte en una fotografía con un perfecto balance de blancos. Que si una callejuela que en sus días era un simple muro de paso para los últimos, incontinentes, insomnes de Churruca y ahora es una travesía que une dos pequeños reductos verdes en el centro de la ciudad, que si una cafetería inolvidable bajo unos soportales del casco viejo. Hay cientos de ejemplos y estos objetores del gris representativo de Vigo saben que día tras día pueden encontrar alguno nuevo.

Este tipo de gente puede reconocerse por su actitud cuando camina por la ciudad, es una extraña mezcla entre turistas extasiados y vigueses conscientes de cada uno de sus pasos. Si de verdad buscamos encontrarlos, tenemos muchas posibilidades de tropezarnos con ellos en el centro de la ciudad porque de repente se han parado a admirar algo que aún no habían descubierto. También se pueden reconocer en el autobús urbano, o sentados en cualquier esquina de la ciudad, contemplando en silencio, casi sin pestañear, algo que al resto de viandantes resulta indiferente. Trabajadores, estudiantes con prisa adelantan a este hombre o mujer sin prestarle casi ni atención, como mucho le dirigirán una mirada incomodada o un airado reproche porque no se ha apartado lo suficiente de su camino cuando se ha parado a observar. El otro pasatiempo favorito de los iluminados es subirse a un autobús circular y dejar que las horas pasen mientras observa el paisanaje vigués. Verá decenas de caras familiares o desconocidas subirse y bajarse del vehículo y se preguntará qué las mueve mientras intenta capturar todos los detalles de una ciudad que es suya y no lo es al mismo tiempo.

Muchos podrán decir de estos hombres y mujeres que son unos obsesos, unos degenerados y horrendos ejemplos de ciudadanos que malgastan su tiempo en ver pasar la ciudad cuando podrían estar colaborando en su engrandecimiento y modernización. Cuando una sola persona piensa algo así, parte de la magia de la ciudad se pierde, inclinando la balanza un poco más hacia el gris inhumano e industrial. De ese modo, las travesías volverán a ser muros que graffitear, las pequeñas plazas del casco viejo serán tomadas por el álter ego vil del paso del tiempo, la decadencia.
Y es que, si dejamos de ver algo maravilloso en cada una de las esquinas de nuestras ciudades, perdemos su esencia. Esa esencia que pocas veces se atrevían a descubrirnos, por miedo a que la convirtiéramos en aparcamientos subterráneos, nuevos centros comerciales llenos de locales de Inditex y salpicados con algún que otro McDonald’s. Si la ciudad acaba siendo tomada por la cara oscura del cemento, ningún turista querrá bajarse del trasatlántico, o salir de la estación del tren, porque la visión descarnada de Vigo lo asustará en demasía, robándole todo el interés que pudiera tener en un principio. Pero, si somos de esos que nos atrevemos hasta con lo indecible, y superamos las barreras de los que sólo ven las sombras, nos podrán ser revelados algunos de los pequeños secretos de la ciudad.
La mejor manera de conocer Vigo, de conocerlo a fondo, no es el bus turístico que recorre cuatro o cinco calles y en el cual una amable señorita te cuenta las batallitas de la Reconquista, el crecimiento del ensanche o la vida y obra de los grandes emigrantes. No. La mejor de las maneras sería conseguirse a uno de esos conversos para que actuara como guía, cosa que a la mayoría les encanta, pero eso es harto difícil, pues no todo el mundo pertenece a ese grupo, más bien muy pocos. Como triste sucedáneo, si deseamos ahondar en los secretos de la ciudad, siempre podemos encomendarnos al callejero que amablemente nos dan en las casetas de información turística estratégicamente repartidas y comenzar a caminar. Cuando llevemos un par de horas, después de mirar todo con los ojos bien abiertos, habremos conocido mucho más que algunos de los habitantes que pasan todos los días por las mismas calles. Siempre hemos de tener en cuenta el camino que hemos seguido, que una cosa es admirar la arquitectura viguesa y otra acabar perdido. Pero si el segundo es nuestro caso y no recordamos bien como volver al lugar del que hemos partido, podemos preguntar a cualquier peatón por la parada más próxima de cualquiera de los Vitrasa que se dirigen al centro, desde donde podremos orientarnos perfectamente para regresar. Luego anotaremos con cuidadosa caligrafía en nuestra libreta de notas todo lo que hemos descubierto y, si somos adictos a la imagen, lo aliñaremos con unas cuantas instantáneas de esas que no aparecen en las postales del Mercado da Pedra. Al final podremos volvernos a casa con el recuerdo de una ciudad que merece la pena visitar de un modo distinto al de los viajes organizados, un lugar que necesita de unos ojos nuevos e inocentes en cada mirada.

viernes, 24 de abril de 2009

El Ocho

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Desde lejos te parezco un simple autobús urbano. Verde, con el cartel del número ocho colgando del parabrisas y el logotipo identificativo de mi ciudad en el costado. Igualito a cualquiera de mis compañeros de fatigas. Te estarás preguntando quién soy, por qué soy importante y cuál es el motivo que me permite ocupar estas líneas. Hay una razón, muy clara, definitoria y definitiva: soy, sin lugar a dudas, quien mejor conoce esta ciudad. Sólo yo he recorrido todas y cada una de sus avenidas, o casi todas. Pero incluso para mí la ciudad tiene secretos, callejuelas llenas de encanto que tan sólo alcanzo a imaginar. Eso es lo que más me gusta de Vigo, saber que, por mucho tiempo que pase, siempre podré conocer alguna nueva historia de cualquiera de sus calles más pintorescas.

La mañana empieza temprano para mí, muy temprano. El sol aún no ha salido cuando yo abandono la cochera y me dirijo al trabajo. Sin embargo, no soy el único que comienza la jornada a horas casi nocturnas, muchos de los que me acompañan en mi primer trayecto lo hacen todavía entre legañas y bostezos mal disimulados. Ellos son habitualmente estudiantes que se dirigen a sus institutos o hacen el recorrido completo hasta la Universidad. Se reconocen fácilmente por sus carpetas, sus ojeras de noctambulismo y en ocasiones por sus corrillos de cuchicheos. Hay días en que alguna señora se sube a primera hora con una cesta de la compra vacía, una cesta que volverá llena en pocas horas. Pero casi siempre me encuentro con los mismos rostros madrugadores, al final acabamos siendo casi como una familia.

Arranco en el centro de la ciudad para dirigirme a las afueras, al campus universitario. Por el camino me cruzaré con otra mucha gente que se dirige a pie (los menos) y en coche (la mayoría) al trabajo. Personas que, en su miedo a llegar tarde, no se pararán ni un par de segundos a admirar algunos de nuestros pequeños y deliciosos tesoros urbanos. A echarles un ojo a esas estatuas que permanecen inmutables ante el ir y venir de los transeúntes. Aunque yo me jugaría el claxon a que más de una vez, en el último recorrido de la noche, el eterno nadador me ha guiñado un ojo y el Sireno ha movido una aleta a modo de saludo. A su manera, ellos también conocen a todos los habitantes de la ciudad.




A veces compadezco a esa gente tan apresurada que habita las ciudades, la misma que cae rendida sobre el asiento en mi último trayecto, sin fuerzas ni para alzar un momento la vista y deleitarse con la puesta de sol de nuestro paraíso natural más cercano. Me dan pena porque han olvidado que se trabaja para vivir, que no es bueno vivir para trabajar. Yo no pertenezco a ese tipo de personas, ni de cacharros si me apuráis. Hago todos mis viajes con la calma justa y necesaria en una ciudad como esta. Hay momentos en los que el denso tráfico podría sacarme de mis casillas, pero sé que, si lo permito, no sólo yo saldré perjudicado. Es verdad que los visitantes tachan nuestra circulación de caótica, desordenada y, desde luego, poco comprensiva para con los viandantes, sin embargo, cuando te enfrentas todos los días a ella acabas por descubrir que esperar en el semáforo te ofrece la posibilidad de entender la vida de un modo distinto. Y, si crees que se te hará tarde, con salir un poco antes de casa es suficiente. Estar parado medio minuto en una de las calles principales te permite ver el ajetreo, la vida que bulle en la ciudad, aun en horas tempranas. Te hace preguntarte a dónde se dirigen todas esas personas y por qué. Cuando arrancas de nuevo, algo ha cambiado en tu interior, aunque no lo sepas o no lo entiendas.


Algunos estudiantes se bajan cuando aún no hemos rebasado los límites arquitectónicos de la ciudad. Me refiero a los edificios, claramente, puesto que, a partir de la Avenida de Castrelos, su número disminuye y también sus alturas. Puede que la gente que vive más allá de la Plaza de América se haya dado cuenta de lo interesante que es poder salir a la ventana y ver algo verde que no sea un mantel colgado en el patio de luces del vecino. A mí, desde luego, me encanta llegar a esta zona de la ciudad. Aquí donde las farolas ya no son sucedáneo de los árboles y el canto de los pájaros se oye más fuerte que el rugir de mis motores (bastante ecológicos, por cierto).



Hasta al pasajero más gruñón se le levantan las comisuras de los labios en un amago de sonrisa cuando atravesamos la carretera que divide el Parque de Castrelos. Verde a un lado y verde al otro, pájaros, patos y flores. ¿Qué más se puede desear para llegar contento al trabajo o a la facultad? Luego vendrán las casas familiares, los prados y las parcelas separadas por muros sobre los que se asoman perros revoltosos. En algunos casos nos encontramos con algún ejemplar de ganado doméstico, pero son pocos. A decir verdad, a mí las vacas me asustan, no son demasiado de mi agrado, supongo que esto se debe a que he visto muy pocas. Por ello, me conformo con los caballos que aparecen de vez en cuando en las elevaciones que rodean el área universitaria.

He llegado al final de mi recorrido. Los últimos estudiantes se han bajado en la facultad que se encuentra más alejada de la ciudad y es hora de volver a hacer el trayecto en el sentido inverso. Esta vez recogeré a toda esa gente de las afueras que desea acercarse a la ciudad. Les llevaré a descubrir las calles estrechas por las que casi no entran automóviles y también las avenidas más amplias en las que el tráfico es continuo. Sé que algunos no darán mayor importancia al cambio que supone entrar de nuevo en la ciudad. Pero no pasa nada porque siempre, siempre, viaja conmigo alguien que, por mucho que haga este recorrido, encuentra algo maravilloso en lo que posar su vista. Algo que le emociona, que le encoge el corazón y lo hace latir con algo más de fuerza durante un par de segundos. Es ese el grupo de personas en el que yo me incluyo. No vivimos para trabajar, trabajamos para vivir. Y nunca olvidamos que hasta el más tedioso trabajo puede regalarnos momentos únicos, a veces, a diario.

jueves, 5 de marzo de 2009

Cambiarás de muiñeiro...

Somos novos, din que a forza do cambio. Soñamos, proclamamos en voz ben alta os nosos ideais dun mundo máis xusto. Pero, en xeral, pertencemos a esa caste dos indecisos. Os nados a fins dos anos oitenta temos vivido o suficiente como para saber o que non queremos, pero fáltanos a experiencia necesaria para discernir, entre tanto blablabla político, quen minte un pouco menos.

A televisión, os xornais e a publicidade desinfórmannos con todas esas mensaxes contraditorias que nos ofrecen a diario. Mentres nos exaltan as virtudes dos grupos políticos maioritarios en cada seu espazo electoral, véndenos un aparato de ximnasia para lograr uns abdominais de ferro ou unhas pernas de infarto. Deste xeito, ¿como diferenciar unha campaña política dunha estratexia puramente publicitaria, encamiñada a que flúan os nosos cartos cara as súas contas bancarias?. A nosa confusión ten, dende logo, moita lóxica.

Aos desta xeración o de correr diante dos grises quédanos un pouco lonxe, pero fomos nós quen nos manifestamos durante o afundimento do Prestige, contra a guerra en Irak ou os incendios dos montes galegos no verán do 2006. Contra din os nosos pais acerca da desmobilización xuvenil, aseguramos que non é falta de interese político. O que nos afecta é o sentimento desegradable de que as plataformas existentes non nos representan como deberían. É certo que moitos mozos galegos teñen ben claras as súas intencións políticas, e polo tanto o seu voto. Pero tamén existimos aqueles que non temos a capacidade de ver valores humanos detrás dunha xestión irresponsable por parte dos gobernos que nos representaron ao longo da nosa curta historia.

Haberá quen nos chame escépticos, desencantados, chaqueteiros, ou asegure que non vivimos no mundo real. Pero a experiencia política dos nosos case vinte anos de existencia só nos deixou unha cousa en claro: cambiarás de muiñeiro, pero non de estafador...

martes, 3 de marzo de 2009

Las tortugas también vuelan



Ficha técnica:(fonte: LA BUTACA)

Dirección y guión: Bahman Ghobadi.

Países: Irán e Irak.

Año: 2004.

Duración: 95 min.

Género: Drama.

Interpretación: Avaz Latif (Agrin), Soran Ebrahim (Kak), Hiresh Feysal Rahman (Hangao), Saddam Hossein Feysal (Pasheo), Abdol Rahman Karim (Rega), Ajil Zibari (Shirko).

Producción: Bahman Ghobadi, Hamid Ghavami, Batin Ghobadi, Hamid Karimi y Babak Amini.

Música: Hossein Ali Zadeh.

Fotografía: Shahryar Assadi.

Montaje: Moustafa Khergheh Poosh y Hayedeh Safi Yari.

Diseño de producción: Bahman Ghobadi.


Sipnopse:

Nunha pequena aldea do kurdistán iraquí a poboación busca por todos os medios conseguir unha antena parabólica para poder enterarse de como se está a desenvolver a invasión estadounidense en Iraq e como lles afectará a eles e ao seu campo de refuxiados.


Comentario:

Ser neno nun país asolado pola pobreza e por unha inminente invasión militar non é sinxelo. A inocencia que debería caracterizar á infancia é o primeiro en perderse. Aquí, no Kurdistán iraquí os nenos non xogan, non sorrín, non son nenos.

Para asegurar a supervivencia dos menores, un dos rapaces lidera nun campo de refuxiados a un grupo de recolectores de minas antipersoa. Entre os integrantes cóntanse infantes que xa perderon un brazo, unha perna ou ambos. Non obstante, estes seguen coa súa tarefa porque saben que vender as minas é o seu único modo de vida posible nese contexto. Porén, dende a visión deses nenos sen inocencia, podemos topar case un milagre, un último valor ao que aferrarnos dende as nosas butacas occidentais, a amizade incondicional entre os protagonistas que os fai arriscarse e chegar ata extremos nunca pensados.

Bahman Ghobadi pretende presentarnos non unha ficción sobre a guerra e as súas consecuencias nos máis débiles senón facernos ver a todos os que vivimos alonxados, xeográfica e culturalmente, unha realidade. Os rapaces que presentan a historia non son actores profesionais, senón nenos e nenas que viviron en primeira persoa aquilo que contan, ou algo moi similar.

É criticable, dentro do total da obra, o feito de que os personaxes, con algunha excepción moi contada, non teñen rasgos contraditorios en si mesmos, responden a tipos e non presentan matices nas súas actuacións. Son nenos con un espírito puro que non se ve arruinado polo contexto no que viven. Isto alonxa o filme do concepto de denuncia social ou documental, aínda que revolver a conciencia dos occidentais, seguro que o fai.

domingo, 15 de febrero de 2009

sábado, 14 de febrero de 2009

Publicidade ¿Subliminal?



Xa vira anuncios de case todo empregando o sexo como anzol. De CASE todo. Ata que cheguei onte á casa e me topei con isto. Non sei se extrañarme polo feito de que é o primeiro exemplo que atopo ou preguntarme o motivo de que non se tivera empregado antes...



Miss Xaneiro


Ficha Técnica da Synapse Hi-MOD

Fotos escaneadas da propia publicación.

viernes, 13 de febrero de 2009

¿É posible moverse en Vigo sobre dúas rodas e sen motor?

13/12/2008
Os problemas de tráfico das cidades resólvense en boa parte de Europa coa bicicleta

España non é Europa. E Galicia non é España. Falar do uso da bicicleta como medio de transporte diario é falar de diverxencia entre países, non só dentro da Unión Europea, senón xa na Península Ibérica.

Cando un se achega ás grandes cidades da Europa máis ao norte atópase cunha estampa difícil de esquecer: centos de traballadores acoden á oficina, con traxe e gravata, pedaleando nunha bicicleta de cidade. Os estudantes ou as familias con nenos non son a excepción, as masas de ciclistas son constantes en boa parte de Europa. Dende fai varias décadas, a bicicleta emprégase entendéndoa como un medio de transporte ecolóxico, económico e saudable. Os automóbiles e os peóns non son nin inimigos nin obstáculos, unha gran cultura cívica permítelles compartir espazos sen ningunha clase de problemas. O clima aprende a superarse con certos trucos prácticos; o frío e choiva logran evitarse se sabe como. A clase política apoia este tipo de iniciativas xa que en moitas das capitais o uso do automóbil no centro das cidades está gravado con altos impostos e búscase a converxencia entre bicicleta e transporte público. As infraestruturas propias destes países (os carrís bici, as vías acondicionadas, os aparcadoiros para bicicletas...) son numerosas, están correctamente sinalizadas e ben coidadas.

España, situada ao sur do continente, está aínda sumida nun uso da bicicleta como ocio e turismo. A maior parte das cidades españolas non están adaptadas ao uso habitual da bicicleta. É certo que existen carrís bici nas aforas, en zonas verdes destinadas a pasear, pero non os hai para cubrir as rotas dos usuarios habituais. Topámonos maioritariamente con infraestruturas para o lecer e as políticas autonómicas para fomentar as rotas urbanas non soen materializarse en beneficios para os ciclistas. Non obstante, hai casos extraordinarios nos que vemos a aceptación deste vehículo como un medio áxil e efectivo de transporte. Barcelona é o exemplo máis punteiro do país. Na cidade unha porcentaxe moi importante da poboación móvese pedaleando. Os aparcadoiros son habituais na zona máis céntrica; existen numerosos carrís bici e a poboación ten moi interiorizado o uso cotiá da bicicleta. Ao igual que na Europa máis avanzada, os automobilistas respectan aos ciclistas e os peóns non se senten amedrentados polos usuarios da bicicleta.
O que lle queda por facer a Galicia
Galicia, dentro de España, é unha das comunidades onde a bicicleta ten un uso principalmente turístico e de lecer. É relativamente estraño ver xente dirixirse ao traballo nela. En moitos casos o clima non axuda, pero tampouco o fai na gran maioría das cidades europeas nas que si se emprega a bicicleta. ¿Por que debería ser máis raro ver un home en traxe camiño do traballo aquí que en Copenhague? En Galicia é moi perceptible o uso turístico que se lles dá ás bicicletas. Na cidade de Santiago de Compostela atopamos enseguida aparcadoiros con bicis que se poden empregar durante certo tempo se se posúe unha tarxeta de usuario. É certo que existen certas iniciativas para potenciar o uso habitual, sobre todo procedentes das universidades. No caso de Coruña ou Santiago, xa puxeron a disposición dos alumnos e traballadores universitarios varios centos de bicicletas para que se despracen ata os respectivos campus. A universidade compostelá realizou accións similares no curso 2007-2008, e a cidade de Coruña estréase este ano. Porén, estas iniciativas seguen a resultar escasas se temos en conta o gran número de persoas que se moven a diario nas cidades galegas. Sendo Vigo a cidade da comunidade na que maiores vendas de bicicletas se rexistran, é unha das que menos adaptada ao uso diario se atopa. Nela deben convivir peóns, ciclistas e automobilistas cun risco importante para a seguridade dos dous primeiros grupos. Faise moi pouco habitual atopar xente desprazándose en bicicleta sen que exista unha compoñente de lecer. Moitos dos que preferirían ir sobre dúas rodas a todas partes vense imposibilitados polo feito de que moitos condutores vigueses non senten respecto polos usuarios non motorizados. Isto súmase á inexistencia de vías adaptadas ao uso, exclusivo ou non, dos ciclistas.

A opinión dos non-usuarios vigueses
Xosé Manuel Suárez, presidente da asociación viguesa en defensa da bicicleta “A Golpe de Pedal” non dubida en comentar que o principal problema da cidade olívica non é só a falta de infraestruturas, senón a existencia dunha cidadanía na que é moi forte a dependencia respecto do automóbil. A xente, na súa opinión, cre que a bicicleta “é de pobres, é de nenos”, os potenciais usuarios non toman en serio a idea, non se ven a si mesmos pedaleando. Isto súmase á falta de implicación das institucións, que “teñen que ir por diante” para lograr un uso racional da bicicleta. As iniciativas tomadas noutras cidades, españolas ou galegas,segundo el, non se poderían poñer en marcha a curto prazo en Vigo debido non á orografía senón á falta de vontade popular. En xeral as propostas que se tentan levar a cabo en Vigo topan sempre con algunha oposición cidadá, en todo momento existe algún grupo da poboación que considera que as medidas non son as acertadas e promove que non se implanten. “A Golpe de Pedal” ten como obxectivo básico intentar que a xente non tema moverse sobre dúas rodas. O seu labor é buscar a convivencia distendida entre automóbiles, peóns e ciclistas. O maior desexo desta agrupación é converter Vigo nunha cidade ecolóxica, na que a bicicleta se entenda como un factor positivo na mobilidade, para facer deporte, promover o ocio e o turismo. Porén, pese as mobilizacións e marchas que realizan acotío, consideran o seu desexo algo imposible a curto prazo posto que cren que a mentalidade da cidadanía non se pode cambiar só nun par de anos.

A xente máis nova moitas veces non se arreda tanto como a adulta á hora de botarse á rúa en bicicleta, pero denuncia, así mesmo, a falta de aparcadoiros na cidade ou de carrís adaptados. Porén, ata para os máis valentes é un risco tentar atravesar en bicicleta as zonas máis céntricas da cidade, como a Praza de América. Moitos mozos desexarían poder ir aos seus centros de estudo en bicicleta pero non se atreven ou non teñen onde deixar os seus vehículos sen amarralos a unha farola. Os que se moven a pé na cidade tamén botan en falta as infraestruturas adaptadas aos ciclistas xa que consideran que a súa inexistencia os pon en perigo tamén a eles. É un risco para os peóns que as bicicletas se empreguen nas beirarrúas por non poder usarse nas calzadas. Moitos viandantes temen ser atropelados polos ciclistas, e pola súa banda os ciclistas séntense incomprendidos polos camiñantes.

A suma de inexistencia de infraestruturas coa incomprensión entre os diferentes usuarios das vías olívicas dá por resultado que en Vigo a bicicleta non se empregue tanto como o permitirían as condicións xeográficas e climáticas da cidade. Quizás pola conxunción de todos eses factores, aos que se engade a falta de iniciativas institucionais, o uso da bicicleta como medio de transporte diario considérase en Vigo tan só un desiderátum; un soño, para moitos, a moi longo prazo.

As vantaxes de moverse sobre dúas rodas
Actualmente fabrícanse máis bicicletas ca coches, o cal implica que existe unha maior demanda de bicicletas ca de automóbiles. A herdeira do velocípede é un medio de transporte económico, ecolóxico e saudable. En cidade o seu uso está recomendado para traxectos de entre 3 e 5 quilómetros. Resulta práctica para ir ao traballo, á escola ou para desprazarse dun lugar a outro na urbe. En Holanda, Suecia, Dinamarca ou Bélxica empréganas adaptadas ás condicións das cidades, con gardalamas, portavultos e unha estrutura máis lixeira cas de montaña. Nalgúns casos, sobre todo naquelas zonas onde a bicicleta se complementa co transporte urbano, é habitual atoparse con modelos que se poden pregar e introducir nos autobuses ou vagóns de tren ou metro.
O clima non ten porque ser un impedimento para desprazarse sobre dúas rodas en cidade, pese a que en moitas capitais europeas as condicións non son as máis favorables, podemos observar unha continúa afluencia de ciclistas. Da choiva podemos defendernos cun chuvasqueiro e en caso extremo uns pantalóns de auga; equipados deste xeito xa podemos saír á rúa baixo as nubes. O frío combátese con roupa de abrigo, un par de guantes e bufanda. Todos estes obxectos poden ser logo almacenados no portavultos, onde tamén se poden levar os maletíns,mochilas ou ordenadores portátiles. Os complementos que nunca deben faltar son o casco, de uso obrigado, e a roupa con bandas reflectoras. As bicis, con máis razón as de cidade, tamén deben ir equipadas coas luces regulamentarias, que as fan máis visibles para os condutores. Isto non debe esquecerse nunca xa que xunto cos peóns, os ciclistas son as pezas máis débiles da circulación, urbana ou non.

Iniciativas galegas a favor da bicicleta
Pese a todas as deficiencias nas infraestruturas adaptadas en España e Galicia, estanse a ver senlleiras actuacións que modifican, ou tentan modificar, a situación de atraso respecto a Europa no eido dos transportes ecolóxicos. Así, a nivel europeo, podemos topar dende 1997 o Proxecto Eurovelo, que ten como pretensión máxima a creación, en quince anos, dunha rede europea de rotas para bicicletas. O seu propósito é que cheguen a existir doce grandes itinerarios que atravesen o continente do mesmo xeito que o fan as autoestradas ou as sendas para peóns. Esta proposta está impulsada principalmente pola Federación de Ciclistas Europeos (ECF) e polas federacións de ciclistas de Dinamarca e Reino Unido. O que se desexa é promover o uso da bicicleta como medio de transporte e ao mesmo tempo un turismo máis sostible e responsable co medio ambiente. As sendas ciclistas están, pois en parte de Europa xa existen, organizadas a través dunha oficina central en Bruxelas. Pola súa banda, cada rota está baixo a responsabilidade dun Consorcio de Rota que controlará o trazado e asegurará o resultado final. En Galicia, o Eixo Atlántico, apoiado por varias asociacións ciclistas, ente elas “A Golpe de Pedal”; propón que a comunidade se integre dentro do Proxecto Eurovelo mediante unha conexión coas rotas que chegan ata Portugal. Este plan europeo pretende así mesmo ter un impacto positivo nos concellos atravesados polas rotas tanto a nivel medio ambiental como turístico, económico e cultural.

Outra das iniciativas máis importantes de concienciación cidadá sobre o uso da bicicleta é a coñecida como “Masa Crítica”. Este é un movemento naceu en San Francisco (Estados Unidos), unha cidade con grandes desniveis, para reivindicar o espazo dos ciclistas nas cidades. A súa base é a reunión de usuarios que saen á estrada e colapsan, nos casos máis radicais, o tráfico rodado. Deste xeito fan visible aos condutores a situación precaria e de inseguridade que viven a diario. Máis tarde, este movemento, estenderíase a Europa e agora é unha constante nas cidades españolas. En Galicia non ten a mesma magnitude que noutros concellos da península pero é unha onda crecente que representa o interese dunha gran parte da cidadanía por mellorar as condicións do tráfico urbano. En Vigo a “masa crítica” reúnese un domingo cada mes, organizada por “A Golpe de Pedal”, para resaltar o estado en que se atopa o uso habitual da bicicleta na cidade. Segundo Xosé Manuel Suárez, esta é unha “masa crítica descafeinada”, sen punto de comparación por agora coas europeas, xa que as condicións da cidade, e resalta de novo, a cultura cidadá dominante, impiden unha celebración máis reivindicativa. No caso vigués, e dado que o tráfico non se corta, os ciclistas deben extremar as precaucións, sendo equiparables ás que toman a diario, a pesares de atoparse máis protexidos polo feito de ir en grupo.

Estas iniciativas, pese a ser representativas e moi salientables, non son, por desgraza, as suficientes para que Vigo acade a posición que podería ter en Europa no uso da bicicleta como medio de transporte.